Lucio Fontana en Venecia

La Peggy Guggenheim Collection revisita la obra del artista argentino desde su producción cerámica: un territorio experimental, íntimo y persistente que antecede —y tensiona— el gesto del tajo.
Durante décadas, Lucio Fontana fue leído —y celebrado— a partir del gesto violento y definitivo del tajo sobre la tela. Sin embargo, antes y después de cortar el espacio, Fontana hundió las manos en la arcilla. Desde octubre, la Peggy Guggenheim Collection de Venecia propone volver a mirar al artista argentino desde ese otro territorio: la cerámica como espacio de experimentación vital, íntima y persistente, en Manu-Facture: The Ceramics of Lucio Fontana, la primera exposición museística dedicada exclusivamente a este núcleo fundamental —y menos difundido— de su obra.


Curada por la historiadora del arte Sharon Hecker, la muestra reúne más de setenta piezas —muchas de ellas inéditas— y plantea una relectura profunda del lugar que la cerámica ocupa en la trayectoria de Fontana. Lejos de presentarla como un desvío artesanal o una práctica menor, la exposición la sitúa como un laboratorio continuo de experimentación, donde se cruzan arte y oficio, diseño y escultura, intuición y pensamiento material. En un contexto contemporáneo marcado por un renovado interés por lo manual, lo procesual y lo colaborativo, esta relectura encuentra nuevas resonancias.
Dos continentes, cuatro décadas, una misma materia. El recorrido expositivo traza un mapa que cruza geografías y tiempos: desde los primeros trabajos realizados en Argentina en los años veinte, pasando por su regreso a la Italia fascista, un nuevo exilio durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, la reconstrucción italiana de la posguerra. La cerámica aparece aquí como un registro sensible de esos desplazamientos, un medio capaz de absorber tensiones políticas, experiencias de guerra y contextos sociales diversos. Más que una línea evolutiva, la muestra propone una circulación entre formas, gestos y obsesiones que reaparecen transformadas a lo largo de cuatro décadas.

Las salas despliegan un universo exuberante y contradictorio: figuras femeninas arcaicas, criaturas marinas, arlequines, guerreros, naturalezas muertas imposibles. Las obras expuestas nos enfrentan a un Fontana que trabajaba la arcilla con libertad extrema, alternando superficies ásperas y esmaltes brillantes, volúmenes toscos y gestos delicados. Hay humor, erotismo, dramatismo y también una inquietud persistente. El color no decora, intensifica. La materia no se domestica, responde. En estas piezas, la cerámica se vuelve un espacio donde lo figurativo y lo abstracto conviven sin jerarquías.

Obras como Coccodrillo, esmaltado en verdes y naranjas agresivos o Medusa, donde la forma parece oscilar entre criatura mitológica y masa informe, condensan esa tensión entre lo lúdico y lo inquietante. En piezas como Donna seduta o el monumental Torso Italico, la figura humana se vuelve terreno de experimentación simbólica y política atravesado por el clima de época, sin quedar nunca del todo capturado por él.
La experimentación es la clave dentro de su trabajo, así como llave en nuestro recorrido. Uno de los núcleos más reveladores de la muestra es el que expone la dimensión colaborativa del trabajo de Fontana. Platos, crucifijos, chimeneas, manijas, frisos y relieves arquitectónicos dan cuenta de una práctica que desborda el museo y se inserta en la vida cotidiana. En diálogo con arquitectos y diseñadores milaneses, Fontana concibe la cerámica como arte aplicado, público y habitable, cuestionando tempranamente las fronteras entre obra única y producción seriada. Caminar las salas de la Colección Peggy Guggenheim entonces es habitar ese borde. Un espacio donde los lenguajes se entremezclan; se borronean los límites. Es el juego de contrastes lo que permite apreciar la amplitud de su creación.

La expansión hacia el espacio urbano se vuelve visible a través del corto Lucio Fontana Ceramics in Milan, encargado especialmente para la exposición y dirigido por el cineasta argentino Felipe Sanguinetti. El film recorre edificios, iglesias y cementerios de Milán donde sobreviven obras cerámicas integradas a la arquitectura, imposibles de trasladar a una sala. La cámara no documenta: reactiva. Devuelve presencia a piezas pensadas para ser vistas en movimiento, en relación con la ciudad y el tiempo.
A medida que avanza el recorrido, se vuelve evidente que muchas de las operaciones que Fontana desarrollará luego en sus célebres telas ya estaban latentes en la cerámica: incisiones, perforaciones, cortes, huellas del cuerpo sobre la superficie. Modelar, abrir, dividir, repetir. El gesto no aparece aquí como acto destructivo sino como búsqueda de origen, como inmersión en la materia. La arcilla anticipa el espacio.

Manu-Facture propone, en definitiva, un Fontana menos heroico y más humano: un artista que trabaja con otros, que ensucia sus manos, que vuelve una y otra vez al barro como forma de pensar el mundo. Al desplazar la mirada del tajo a la huella, de la violencia al contacto, la exposición no sólo reordena su legado, sino que lo vuelve sorprendentemente contemporáneo.













