MARIANA TELLERIA EN LA BIENAL DE VENECIA

10 mayo, 2019 22:38

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Mañana y hasta el 24 de noviembre se presenta la Bienal de Venecia con 84 artistas entre los cuales los argentinos Ad Minoliti y Tomás Saraceno fueron seleccionados para la exposición principal.
Por su parte, Mariana Telleria presenta la instalación “El Nombre de un País” en el pabellón argentino inaugurado con la presencia de funcionarios del gobierno.
Aquí una entrevista con la artista.

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Mariana Telleria, El nombre de un País

En el pabellón de la Argentina, ubicado en la zona del Arsenale donde se desarrolla la primera sección de la muestra curada por Ralph Rugoff, fue inaugurada el miércoles pasado la instalación El nombre de un país de la artista Mariana Telleria. Fue inútil y excesiva la presencia de funcionarios del gobierno entre embajador, secretario de cultura de la ciudad de Buenos Aires y otros que por allí deambulaban, que dedicaron un discurso de 45 minutos ajeno a la sensibilidad artística y a la costumbre de un mundo que han demostrado perfectamente no conocer. Esto fue confirmado por la ausencia en ese acto de profesionales del arte contemporáneo internacional que se encontraban en la Bienal por tres días consecutivos previos a la apertura al público ya sea para descubrir nuevos artistas para sus colecciones o bien iniciar una nueva investigación en el campo de la crítica.

Al igual que a lo sucedido en el pabellón argentino en el 2015 con la obra Rapsodia Inconclusa de Nicola Constantino, la manía de protagonismo de la función pública y burocrática eclipsó al arte y a los artistas. A excepción de Telleria y Florencia Battiti, curadora del envío, ambas relegadas al margen, todo en ese micrófono era ceremonia, protocolo y patria, en un contexto donde la exaltación de lo nacional es percibida por teóricos de diversas disciplinas como un discurso obsoleto.

Se malogró una ocasión para tender puentes e intercambiar ideas con la escena internacional del arte, así como también con potenciales coleccionistas y socios estratégicos. Una oportunidad para enriquecer los horizontes en un mundo vasto, tanto en términos geográficos como intelectuales, en donde se muere de asfixia si no se extiende la mirada más allá de los límites lingüísticos y territoriales.

Jimmie Durham, León de Oro 2019

Jimmie Durham, León de Oro 2019

A continuación, damos finalmente el espacio a la palabra de Telleria con la convicción que en el ejercicio lógico racional del lenguaje la experiencia estética se fragmenta. Como ha dicho Jimmie Durham, artista premiado por su trayectoria profesional con el León de Oro 2019 de la Bienal de Venecia: “Si produzco una obra, no quiero que la obra diga lo que yo podría decir, porque en ese caso sería yo quien habla. Quiero entender si puedo conseguir que el objeto establezca una conversación con cualquiera que lo observe.”

¿Cómo nace el proyecto presentado en el Pabellón Argentina de la Bienal de Venecia titulado El nombre de un país? ¿Qué elementos permanecen y cuáles han mutado respecto a la obra expuesta en el del 2009 en la Galería Alberto Sendrós?
Mis ideas no nacen como un hecho aislado sino más bien como formas o composiciones que se dan cuando se entrelazan distintas cosas, ideas, objetos, incluso mis propios trabajos anteriores. Opero siguiendo ese camino, que es una especie de intuición o de proceso casi biológico.
Viendo a mi alrededor, además de las cosas del mundo también veo a mi propio trabajo insertado en él. Una obra puede estar ahí como está una tuerca, o un tronco al que le cayó un rayo. Hay una continuidad entre todas las cosas, y yo no hago más que simplemente reafirmar mi historia en este mundo y mi manera de registrar las cosas de este mundo. Venecia no es la excepción.
No fue un plan estratégico hacer una reescritura integral de mi propio trabajo, pero de alguna manera fue lo que terminó sucediendo.
Estos siete monstruos, como me gusta llamarlos, están hechos de todo lo que construí hasta ahora, todo convive en ese espacio virtual que generan las esculturas.
Lo inesperado no siempre me sorprende afuera, la mayoría del tiempo lo encuentro dentro de mis búsquedas y en el registro o memoria que sedimentan esas prácticas. El pasado puede volverse impredecible.

Telleria3¿Por qué el título El nombre de un país?
El nombre de un país es cualquier país, todos los países, incluso los que no existen o pertenecen al reino de la fantasía o son productos de procesos literarios, míticos. De alguna manera también la división geopolítica del mundo es fantasiosa y arbitraria, el nuestro, también es un mundo caprichoso que no se sabe bien cómo y por qué se escribió así, aunque podamos leerlo en la historia. Por eso me interesa la condición de posibilidad que se plantea desde el título, hay países horribles y hay un mundo horrible, pero también hay potencialidades para hacer otra cosa, para vivir de otras maneras, para organizar los cuerpos bajo otros territorios de otras maneras.
Creo en la inmigración como giro político sobre las cosas, siempre tiene un origen político a nivel histórico, pero podría entenderse simplemente como fenómeno, como un flujo que se da tan naturalmente como la marea que sube y baja, es una de las fuerzas que le han dado forma al mundo, más allá de la política. Es como la religión, el arte, la ciencia. Como una consecuencia de condiciones materiales y políticas tremendas, muy negativas, que termina generando resultados imprevistos, cruces, nuevas vidas, nuevos territorios, formas inesperadas. Me interesa esa pluralidad de singularidades que no es tanto un asunto potencial sino que es algo que está negado, que los órdenes políticos y territoriales se esfuerzan por negar.

El nombre de un país quizá sea eso, el nombre de algo que no existe todavía o que existe pero no nos dejan verlo; cualquier nombre del país que a uno se le ocurra, donde pasen cosas mejores.

¿Podrías contarnos los elementos que componen la obra?
Dentro de las esculturas coexisten otros elementos que fueron apareciendo en mi trabajo a lo largo del tiempo, como un archivo de sentidos desacralizados. Podrían ser considerados formas escultóricas de la instalación, eso queda a discreción de cada espectador. Estos elementos generan su propio espacio, una especie de espacio vertical aunque siempre delimitado por un cuerpo principal. Aparecen telas, autopartes, muebles, cruces, materiales, formas y referencias con las que ya fui trabajando durante los últimos años. No podría decir que aparecen de una manera tan definida otras disciplinas, pero sí el collage como operación se evidencia en la organización caótica de elementos, en parte como recurso surrealista y en parte como formación esquizoide de los elementos del mundo. Igual eso también queda a discreción del espectador, no soy quién para afirmarlo.

¿Cómo se articulan lo natural y lo artificial en tu obra?
De la misma manera en que esas esferas materiales y conceptuales se articulan en la realidad. Nosotros mismos somos híbridos entre lo “natural” y lo “artificial”: tenemos caderas protésicas, usamos anteojos, dormimos en camas, dependemos de una conexión a internet para manifestar nuestros sentimientos, explotamos ilegítimamente la tierra y a otros seres vivos, hacemos morir al mundo. Dialécticamente la convivencia es esa. En estas obras me interesa trabajar a partir de la forma de cada una de esas cosas y señalar de alguna manera que lo único natural es en realidad la convivencia caótica entre objetos vivos e inertes, entre cultura y naturaleza, entre orden y destrucción. Cada cosa tiene su alma, su impronta formal y su historia material. Hay tragedia en todo pero en todo también hay algo de vida. En esas formas nuevas, que contienen su drama y contienen su historia, por ahí podemos encontrar un lugar para descansar o para activarnos: el arte es esencialmente una idea que puede darnos más ideas.

En una entrevista has declarado “No creo en la meritocracia, no todo es talento y fuerza”. Encuentro este tema muy relacionado con el hecho de que este año se realizó por primera vez un concurso abierto para la selección del artista que presentará un proyecto en el pabellón de Argentina en Venecia. ¿Creés que esta modalidad puede aportar mayor pluralidad y acceso a las oportunidades en un sistema no siempre meritocrático?

Ojalá. Cuando digo eso lo digo desde un lugar de realismo trágico: en el arte como en cualquier otro ámbito laboral, político y social no todo depende del talento, de la voluntad y de la fuerza. Puedo pensar que fui escogida por esos atributos, pero también tuve la familia que tuve, hice determinada carrera, me crucé con ciertas personas, encaré mi trabajo bajo ciertos procesos, intenté dialogar con determinadas instituciones, etc. El sistema reconoce eso y de alguna manera eso es lo que busca. Estoy segura de que todos los demás participantes se caracterizaban también por estos atributos. Democratizar el proceso, en este sentido, no creo que signifique desregular totalmente la selección de envíos, siempre un trasfondo operativo tiene que haber, un horizonte y una voluntad sobre qué se quiere enviar al exterior, qué imagen del arte argentino se quiere proyectar hacia afuera, etc.

La soberanía sobre el Pabellón en Venecia fue recobrada hace muy poco tiempo y todavía se están acomodando las expectativas. Las gestiones futuras espero que puedan hacerle frente al Pabellón e ir encontrando nuevas formas para encarar el trabajo de habitarlo, con imaginación política y artística, el arte argentino no se acabó ni en los 50, ni en los 60, ni en los 70, ni en el siglo xx. El arte argentino no se va a acabar y hay que ver qué está pasando ahora. Hay muchas y muchos artistas jóvenes que merecen esa exposición, al mismo tiempo que líneas estéticas inexploradas, cuerpos históricos de obra y experimentos transtemporales que curadores podrían articular con lucidez, poesía y justicia.

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