LUDOVICO PEREZ

5 junio, 2019 22:38

confiteria colon

UNA PASION EN PERSPECTIVA

Ludovico Pérez, Retrospectiva en el Municipio de Quilmes

Ludovico Pérez, Retrospectiva en el Municipio de Quilmes

A la memoria de Rosa Faccaro, la mayor crítica de arte de nuestro país.

Entre algunos recuerdos que evocó Ludovico Perez en nuestras conversaciones, se destaca el relato que me hizo de un encuentro con Onofrio Pacenza. Aquel veterano pintor de La Boca, le confió a un joven Ludovico que “sus obras presentadas debían ser muy buenas porque el Jurado había sido  exigente en extremo”. Aquello ocurrió antes de los 20 años cuando aún no había comenzado su cosecha de innumerables premios, a los que le seguirían importantes reconocimientos.

Haber entrado en relación con el gran artista Ludovico Pérez significó un privilegio y más aún intentar trasmitir parte de su talento. Cálido y generoso, siempre dispuesto a embarcarse en aventuras junto a quienes siente sus compañeros de ruta, su ahínco en la senda de la docencia y de la creación lo ha destacado sin igual entre su gente y su ámbito.

No hace mucho se confiaba en nuestro diálogo, diciéndome: “A mis últimos alumnos les he pedido mucho más que antes. Pienso que ellos pronto serán profesores de Bellas Artes y necesitan conocer nuestro oficio del mejor modo posible. Que es siempre experimentándolo en el quehacer diario”.

Esto me lo decía el maestro Ludovico cuando todavía ejercía su magisterio mientras en nuestros encuentros evocaba sus años en el Círculo Universitario de Quilmes y otros ámbitos hasta donde se  acercaron  personalidades como Emilio Pettoruti, Miguel Victorica y Onofrio Pacenza entre muchos otros que frecuentó en su mocedad. Una época de cordialidad y frugal disponibilidad para el encandilamiento por las tendencia de la Europa pospicassiana. Aquellos ismos de una modernidad que habrían de llegar con atraso, fueron desentrañados por el crítico Julio E. Payró y algunos pocos que habían estado en aquellas lejanías, convivido bohemias y exhibían su autoridad ante ávidos ojos juveniles que no se equivocaron en advertir la excepcionalidad en la obra de Lino Spilimbergo, como de Antonio Berni, quienes no han dejado de crecer en la estima pública.

Como postuló Tolstoi, -el escritor ruso de “La guerra y la paz”-, “pinta tu pueblo y pintarás al mundo”, también fue la consigna de este artista que  desde donde plantó  su caballete salió a mirar el horizonte con una libertad y trabajo infatigable. Afincado entre nosotros desde el lejano y frutal valle de Allen, Río Negro, Ludovico Pérez (5 de octubre de 1929), su padre, Juan Enrique Pérez, era ferroviario y su madre, Dominga Grassi, crió cinco hijos ninguno de los cuales nació en el mismo paraje debido al trashumante trabajo del marido. Pronto Ludovico conoció de primera mano la vida bohemia de ambientes irrecuperables y perdidos donde los noveles artistas intercambiaban sueños cuando aún no había explotado la era del consumo, faltaba para las perfomances e internet, y nadie imaginaba la convocatoria a la actual Bienal de Venecia bajo el lema “tiempos interesantes para vivir”. Sin embargo, su metodología experimental y su interés por la enseñanza habrían de contribuir con las pioneras escuelas de artes de Avellaneda, Formosa y Junín.

Además, cuando expuso en el extranjero comprobó cómo interesaba y se requerían sus obras, algo similar a lo que había ocurrido desde el lejano sur patagónico, hasta con coleccionistas locales, aquellos ambientes argentinos, paisajes, evocaciones históricas. Afincado en su chalet de Ranelagh, -una vez más cercano a las vías férreas-, desde ahí convocó visiones coloridas y sobrias que trasmiten paz y equilibrio como en un balcón abierto a una arcadia posible.

Entonces uno se pregunta, entre tanta novedad de nuestro presente si no será algo de esto mismo lo que han encontrado sus admiradores como para apreciar el énfasis en sus obras que no remiten a una provocación plástica y buscan retenerlas las obras cerca de ellos, incluso en espacios de personal familiaridad, y en ocasiones trasportándolas con ellos fuera del país. Sin duda, uno de los atractivos de las sus imágenes ofrecen la personalísima visión para captar escenas de brío amoroso, recrear la vital doma gaucha, sintetiza la filigrana del tango y un arco estupendo en sus variaciones de paisajes protagonizados por araucarias gigantes en la soledad  de la Patagonia, cierto colorido recodo de barrio, como el silencioso atardecer en un balneario del río. Una mirada, inventora de imágenes saca a la luz la diversidad de una expresión neofigurativa con cuidado color, engamado y sobrio hasta la exaltación de la emoción, busca aplacar el dolor y la amargura.  Y siempre el dibujo exhibe contornos valorativos, en ocasiones cerrados, otras veces sueltos, siempre sintéticos y con una esmerada cadencia para recortar los volúmenes que se privilegian. En el caso de los grabados en madera, éstos terminan por fijar contornos que dialogan con el humor, el trazo y el romanticismo que puede evocar a Sergio Sergi, Luis Seoane, Juan Carlos Castagnno y hasta con cierto grafismo del mismo Picasso. Firme disposición hacia el dibujo con momentos y climas emblemáticos, personajes típicos y senderos convertidos en cálida ensoñación y remembranza. Así vuelve a palpitar ante quienes jamás han estado frente una copa de grappa ni conocen el viento salvaje de la costanera, aquella voluptuosidad, impresiones amables de lugares, tiempos y cosas que acá se recuperan.

Por eso mismo atrae esta sobrecogedora y apasionada producción artística, en sus diversas modulaciones, tamaños y recorridos porque todas y cada una de las imágenes propuestas desde su llama emocional están aspirando a mostrar algo en particular, incluso cuando no se lo hayan propuesto, mediante eso que habitualmente la semiótica denomina “mensaje” en busca de un decodificador. Y Los espectadores que habrán de sobrevenir en diferentes tiempos siempre podrán –admirar estos cuadros capaces de desprender nuevos sentimientos, diversos significados debajo de un mismo soporte pintura o grafismo sutil porque lo presentado en la superficie encuentra la virtud, cierta cadencia hacia otra revelación, nueva metáfora. Es ahí donde estas visiones buscan demorar el ojo del espectador para ofrecerle su ritmo vertido con esmerada austeridad, y dejando que se haga efectivo el modo en que es trasformada una imagen reconocible en otra personal identidad hasta convertirla en tema hegemónico de la obra al que uno se acerca con morosidad y delectación. Y todo en una obra, y otra más, y acaso otra nueva. Hasta que comienza a surgir la forma más sensible y se advierten las sutilizas del color, restallan ensoñadas, combinaciones y una valoración que, por otra parte, desvela al buscarse en los arquetipos del artesano/artista, improvisador/estudioso alquimista de sus propios materiales, buceador en la naturaleza del amor.

Sin embargo, convengamos en que ni el esquema formal aludido, ni los temas representados por más que se adueñan anudando sutiles y entrelazados amantes, emblemáticos músicos, clubes de la ribera, caseríos levantados sobre el barro, emblemáticos compadritos, solariegos vecindarios, o ilustraciones de clásicos literarios, constituyen en sí mismo el contenido último del volcánico magma de esta compleja exposición de una sabiduría convertida en método e intuición mediante gubias, espátulas y pinceles.
Incluso, en el apartado donde se muestra la renovada invención de pensar lo que nadie piensa y hacerlo. Son los grabados a partir del papel de papiro fabricado a la usanza antigua y que desafían permanecer por los siglos porvenir.

Y entonces aparece el color tentado por la luz que se proyecta hacia un amanecer, o se encamina por el cielo nocturno. Porque lo que me parece que sucede en esta exposición antológica de pintura, dibujo y grabado es que la obra se volvió instrumento de una notable forma de hacer arte, lograr que desde el hombre “estar” en el arte. Fue el tesón de este hombre singular, que anduvo demorándose en los museos del mundo y optó por volver a componer a su taller, al mismo ámbito donde hace años comenzó su lucha para hacer visible su sensibilidad en la identificación del entorno, de la historia de su gente y de esta tierra. Incluso, más allá de esas ocasiones cuando se interesó por el método y propiedades geométricas, que pueden reconstruirse en rasgos formales de muchos de los motivos.

De este modo se concluye que la popularidad de la producción artística aquí expuesta, está basada en un arte que acompaña el trascurrir cotidiano de ambientes reconocibles en cuanto imaginados; originales estando aferrados a la perspectiva y al claroscuro. La mano, el ojo artista buscó, y esta exposición lo comprueba mediante una coherencia que encuentra su propia identidad. Acercamiento de un diálogo entre los seres y las cosas; algo similar a la propuesta del pintor que busca el afecto, el amor al conocimiento a través de una comunicación de la pasión sin estridencia, y resulta lo que a Ludovico Pérez subyugó, siempre: vincular, jamás disociar. Quizá como supo precisar Rafel Squirru “Los argentinos estamos destinados a exportar cultura”.

Alberto Mario Perrone.
De la Asociación de Críticos de Arte.
Buenos Aires, junio 2019.

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