Lajos Szalay / La mirada sin lugar

16 junio, 2012 1:33

Por Marcos Krämer

Quienes nunca han visitado un ciudad lejana deberán evocarla siempre influenciados por relatos ajenos o tan solo mirando un mapa con atención, con ansias. Así su geografía, los nombres de sus calles, el dibujo de su trazado o los ríos que la atraviesan comienzan a agrandarse y a tornarse fantasiosos, alucinantes frente al mapa. Pero hay veces en que la desesperanza es un inmenso obstáculo a la imaginación.

Lajos Szalay llegó a Tucumán en 1949 con 40 años de edad, en busca de trabajo, abandonando el rastro de la guerra y lo que ella había hecho de Paris y de su país natal, Hungría. Con varios e importantes premios a cuestas, es nombrado jefe de la sección de dibujo del Departamento de Artes de la Universidad de Tucumán. ¿Qué trajo en sus valijas? ¿Qué decidió dejar olvidado?

Cuando Szalay llegó a la Argentina no solo había sido un observador partícipe de la Segunda Guerra Mundial sino que se había detenido a mirarla mientras la padecía, mientras la transitaba. Su rol como corresponsal de guerra no le había dado la oportunidad de observar desde un sillón el horror que padecía un continente sino que debía estar en constante movimiento. Szalay no disparaba un fusil pero tampoco podía conversar con los oprimidos por aquellas balas. Su tarea era otra: observar detenido mientras transitaba. Desde allí, no ha dejado de hacer ninguna de las dos cosas: porque dibujar se transformó en un sinónimo de movimiento. Sí, lo sé, puede parecer extraño, porque dibujar algo, siempre es parecido a detenerlo, a congelar su movimiento o a representarlo en un papel inmóvil.

Para una generación como la mía, y como tantas otras que no han tenido la desagradable oportunidad de presenciar o ser conscientes del desarrollo de una guerra, es difícil describir o apenas desentrañar todos las contradicciones y silencios que generan las guerras en sus huérfanos, en sus muertos y en todos aquellos que han decidido callar. Por el contrario, hoy, todo hecho catastrófico o desagradable sólo parece suceder sólo a distancia, desde la inmóvil y coloreada pantalla de un televisor. Frente a ello, la movilidad y la tinta negra de Lajos Szalay vuelven a ser necesarios.

Cuando Szalay se hace cargo de la cátedra de dibujo, el Instituto Superior de Artes lo tenía todo, la Universidad de Tucumán lo tenía todo. Hasta nuestro país llegaría a tenerlo. La pintura, la escultura, el grabado, la danza, las artes dramáticas, la música y las artes gráficas tenían un objetivo común, construido y orientado por la propia universidad: la educación del gusto estético de la sociedad. En este plan de difusión y de extensión cultural, los principales objetivos de la enseñanza no eran otros que el de la práctica artística y su inserción social: se crearon talleres, se presentaron espectáculos, conciertos, exposiciones, conferencias. Eran grandes metas, sin dudas, porque la esperanza era inmensa, como la sonrisa de un niño; pero a la vez limpia, como su llanto acongojado.

¿Qué ansias eran las que guardaba este húngaro emigrado?, ¿sobre la base de qué reconstruiría esa esperanza este hombre atravesado por la guerra?, ¿qué porción de aquella lejana infancia aún quedaba en el cuerpo de Szalay?
Los dibujos que en 1954 compiló la universidad en una monografía visual retoman pequeñas obras en tinta entre 1937 y 1954. No están ordenadas cronológicamente sino por temas. Los casi 150 dibujos están allí nombrados como lo que son para Szalay, pequeñas representaciones de grandes conceptos: La madre, El abuelo, La familia, El profesor. Cada uno de esos dibujos son grandes y rotundas declaraciones que le escapan a la particularidad y a la compleja lógica que se desprende de las experiencias, esa lógica que en la adultez nos señala las diferencias entre las cosas y que no nos permite generalizar. Esos dibujos son para aquel Szalay desesperanzado lo que su niñez era respecto de su propia adultez, la creencia de que el mundo entero era capaz de ser comprendido con pocos años, con pocas líneas. Porque sólo para los niños una madre es “la” madre, un amigo es “la” amistad.

Pero aquel hombre, que según sus contemporáneos tucumanos deambulaba “entre el ensimismamiento oriental y la claridad mediterránea”, no había tenido una niñez solamente cobijada entre los cómodos márgenes que mi generación y mi clase puede reconocer. A los 9 años había exhibido en una exposición infantil de la ciudad de Viena dibujos con temas bélicos. Sin dudas, esa también era su infancia. Y por eso están allí también, entre aquellos dibujos publicados, El muerto, El hombre enfermo, Piedad, El hospital, La guerra, Apocalipsis, La venganza, entre tantos otros.

La mayor parte de esos dibujos parecen haber sido hechos por la misma línea, desde el principio hasta el final, una línea infinita. Muchos han dicho que esa línea de Szalay es una línea torturada. Pero, ¿quién tortura a quién? ¿acaso el dibujante hace sufrir a la línea o hay algo que ya ha hecho sufrir a la mano?

Durante su tarea como corresponsal Szalay, por miedo a perjudicar su mano hábil, aprendió a dibujar con la izquierda: debió erradicar un movimiento innato. La tortura es un dolor que se nos impone, una sufrida sensación que no estamos dispuestos a enfrentar y de la que nunca podremos aprender. Dure el tiempo que dure toda tortura, por efímera que sea, se transforma en una carga negra, opaca, como las líneas que dibuja Szalay. Nuestro país y Tucumán son testigos de ello: hay algunos que pudieron contarlo y desprenderse aunque sea por un rato de esa carga, otros aún no han aparecido para hacerlo.

Aquella carga, transportada por la mirada de Szalay durante tantos años, es la que ha quedado plasmada en los dibujos publicados en 1954. Una carga que no reconocía el lugar donde estuviera: entre 1937 y 1954 Szalay había estado en Budapest, Paris, Buenos Aires y Tucumán, había transitado por todas ellas sin dejar de observar, y en el poco tiempo que pasó en Buenos Aires cuando llegó a la Argentina, realizó 25 frescos dibujos en tinta que se publicaron de inmediato. Nuevamente dibujaba en tránsito, sin detenerse.

Los desastres de la guerra y la infancia se habían desarraigado para Szalay, eran ya recuerdos en constante movimiento, recuerdos sin lugar. Por eso la quietud de sus dibujos es sólo aparente: las líneas se retuercen, viajan, rodean casi sin fin a los personajes que crean.

Pero Szalay no observaba desastres fácilmente reconocibles ni documentaba hechos particulares sino todo lo contrario (hasta representaba escenas bíblicas), y eso nunca puede transformarse en un reproche frente a la ferviente necesidad de ser narrada que tiene la desgracia. Porque, como señaló Jean Paul Sartre, “que un obstinado, en una habitación cuyas ventanas dan a un campo de reclusión, pinte compoteras, no es demasiado grave: peca por omisión. El verdadero crimen consiste en pintar el campo de reclusión como si fuera una compotera”.

Antes de que se despidiera, los jóvenes dibujantes supieron que Szalay no dejaba en Argentina un estilo sino una responsabilidad. Aurelio Salas, Carlos Alonso y Fernando García Curten fueron quienes mejor lo entendieron. Pero hoy es necesario preguntarse: ¿qué responsabilidades sienten ahora las nuevas generaciones?

“Lajos Szalay, la línea maestra” – Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
Desde el 2 de Junio de 2012 al 15 de Julio de 2012
Av. Infanta Isabel 555 (CABA)

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