VAN GOGH, EN PERSONA

27 septiembre, 2013 16:38

gogh

El frente del Museo Van Gogh, en Ámsterdam, no le hace justicia. Es doblemente gris, en su opacidad, en su escasa transparencia, en el color cemento incluso en su nombre. Ya dentro, sin embargo, pese a las densas oleadas de turistas, no puedo evitar sentirme ante Van Gogh como algo sagrado.
Sagrado en su carnalidad, en su doliente humanismo desnudo, en la potencia activa de su color, en las estrellas y los astros que se codean, transidos también sobre cielos transidos, en el poderoso temblor expresivo que posee cosas, seres, paisajes, edificios, vegetales, interiores, sorprendidos en la huella de sus dedos sobre la tela, en los zapatos o en la silla que hablan como nadie su propia verdad.

Los comedores de papas

Los comedores de papas

Lo sagrado que ya asoma, bien humano, en la sólo aparente monotonía en matices de marrón de Los comedores de papas, todo y todos como de tierra viva. Y que nos colma de emoción irrefrenable ante la trágica, cósmica belleza de sus Cuervos sobre el trigal, donde un paisaje alcanza toda su desmedida intensidad, los mil destinos de nuestra condición, a través de su propia, entrañable condición de arte.
Fue en Saint-Rémy, al empezar un cuadro que iba a llamarse “Entrada a una cantera”, pero que concluyó documentando su trastorno. A lo largo de cinco semanas, entre julio y agosto de 1889, lo derriba un ataque de demencia. Que incluyó una metáfora atroz pero reveladora: quiso comerse los colores de sus tubos, como alcanzado por la imperiosa necesidad (el pintor “aporta su cuerpo”, afirmó Paul Valéry) de entregar todo su ser a la pintura. De ser pintura, volviéndola su cuerpo.
“El trabajo me distrae mil veces más que cualquier otra cosa y, si pudiera dedicarme a él con todas mis fuerzas sería la mejor medicina. Me lo impide la imposibilidad de conseguir modelos y un montón de otras cosas”. Temeroso de toda excitación, Vincent no se anima a dejar su enclaustramiento. Los médicos retienen sus pinceles, pero él los consigue. Por mostrarse curado, y también sin duda para reconocerse, en lo esencial, a sí mismo, pintó en Saint-Rémy, desde fines de agosto a septiembre de 1889, no uno sino cuatro autorretratos, de fiera desnudez.

La habitación de Van Gogh

La habitación de Van Gogh

Pero es uno el que más me conmueve. Y me lleva, una y otra vez, al Museo d´Orsay, en París. Allí, dejando a mi espalda nada menos que “La habitación de Van Gogh”, también de 1889, me atrae inexorablemente su “Autorretrato”: su máxima evidencia. No importa la gente alrededor, ni cuanta reproducción hayamos visto, allí siento esa presencia del aura que, como sostuvo Walter Benjamin, se creerá luego perdida. Esa aura es su autenticidad ineludible, intrínseca, su casi orgánica entidad pictórica.
Y me emociona más por menos complaciente, por más severo, casi colérico, sin la menor intención de idealizar, de seducir, de pose alguna. La legitimidad honda que inviste se radica en sus ojos, que no logro dejar, porque ellos son los que nos ven cuando creemos mirarlos. El óleo sobre tela, más bien pequeño, de 54 por 65 centímetros, es de una intensidad avasalladora, fascinante.
Desde un fondo celeste con toques de verde, todo entrelazado en líneas sinuosas, curvas, semicírculos, el temblor y el vértigo se continúan en la misma figura, en su ropa de pliegues que hablan, también curvos, y en el rostro, que se integra en un todo trágica, dolorosamente expresivo. Que desplaza hasta allí sus verdes y una textura donde percibo incluso finas líneas de diversos colores, hasta la frente adusta, el ceño fruncido, y aquellos ojos, incisivos, donde el verde y el azul predominan pero no logran sino acentuar su mirada, la nariz aguda, casi rapaz, que resaltan profundas arrugas, hasta la misma barba pelirroja, más roja aún que sus cabellos, entre la cual aparece la tensa raya de sus labios.
Aquí, contrariamente a otro despiadado autorretrato, ¡destinado a su madre!, aparece la oreja mutilada. Es como si se negara a realzar, con patetismo alguno, una obra donde la pintura alcanza una de sus apariciones más estremecedoras. No necesita ningún golpe de efecto, nada apenas exterior.
La mirada de esos ojos que nos siguen escrutando, aún tras largas contemplaciones, nos embarga con el convencimiento de que un cuadro así no termina nunca de mirarse, de mirarnos. Sin necesidad de acentuaciones o de énfasis, no se necesitan trazos negros ni contrastes violentos de color para agravar esa entrega íntima, de fondo. Aquí, frente a esta obra inagotable, comprobamos lo que Maurice Merleau-Ponty sabía: “No se ve sino lo que se mira”.

Rodolfo Alonso. Poeta, traductor y periodista argentino.
http://rodolfoalonso02.blogspot.com
es.wikipedia.org/wiki/Rodolfo_Alonso

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