La búsqueda de Jorge González Mir
Por Rosa María Ravera
Entreabrir una ventana es un acto cotidiano, da lugar a tantas posibles intenciones e interpretaciones. Aquí interesan las de nuestro artista, que pone las suyas en imagen. Para él, lo que abre ese gesto desborda de alguna manera -no se sabe cómo-, lo que vemos día a día, lo simplemente presente. Podríamos referirnos a algo inasible que tiene que ver, a falta de certezas, con cierta Presencia. Me parece que él la busca. El arte siempre ha avanzado tras algo que no se sabe bien qué es. Inclusive cuando se hace un retrato o se pintan uvas.
En la concepción estética de esta exposición el tiempo es factor clave. Es la vida misma. Lo dijo la filosofía, el hombre es tiempo, pero estamos navegando en otras aguas en las que, sin embargo, también aquí el tiempo es determinante. Marca el porqué de nuestra existencia, no se puede deducir ni tampoco inferir por inducción. Ha hecho fracasar los métodos de la lógica clásica, la del arte va más lejos.
El discurso plástico de González Mir, que propone una tríada, del hombre, del tiempo y de esa desconocida lejanía, ha creado una suerte de finito infinito, una inmanencia que tiene que ver con algo trascendente en el despliegue de cuadros, cajas y otros objetos, como también en el blanco papel depositario de una línea que nos sorprenderá una vez más.
La ventana, a ella volvemos, es una obra que deja percibir dedos tallados en la acción de abrir: “Buscando la luz”. En otras imágenes aparece un hombre de espaldas, solo, protagonista quizá de esa búsqueda, a la espera de… Importa mucho cómo se las arregla el artista para cristalizar la dupla espacio temporal que necesita. Sabe muy bien cómo avanzar a través de esas condiciones trascendentales de la experiencia que las jugadas del arte reinventa. Y aquí introduce una de las mayores originalidades de la serie al efectivizar su real irreal con recortes de planos sucesivos, en ansiada profundización. Es así como los progresivos escalonamientos que constituyen la imagen misma acusan variantes; a veces de maderas recortadas, unas tras otras, abriendo un espacio que intenta penetrar más lejos. En “Inmanencia”, el ahondamiento es logrado mediante escalones rectilíneos, longitudinales, que culminan en un bloqueo sintéticamente efectivo. En el hombre sin luz el cuadro va apagando su claridad.
No sólo el artista, también la historia cultural, psicológica y antropológica orienta coordenadas. Así el hombre frente al espejo, tema milenario. El reloj de arena en “Devenir” marca el tiempo al reflejar vertiginosos impactos lumínicos. Tras esos horizontes aparece una escenografía cosmológica que fija etapas. Hay mundo, un antes y un después, el primero más ordenado aunque después las cosas se enredan siempre, lo sabemos. Es nuestra experiencia, pero aquí hay concepto-imagen, a la vista, en constelaciones azules y celestes que sobresalen y se hunden porque se trata de esos planos superpuestos, previamente más armónicos para alborotarse luego. Acompañan el aire y la nube.
Los mecanismos de la creación no retacean estrategias de las que Jorge es enteramente consciente y coherente, en relación a su tan característica espacialidad, que ha sabido construir un lenguaje plástico esencialmente temporal. No se le ocurriría nunca hacer ejecutar por otros esos desniveles reveladores, exactos. Él trabaja su inspiración y su forma plástica con instrumentos adecuados para esa finalidad inventiva que en tiempos antiguos se definía como téchne.
Tal posicionamiento de idea y de materia es conducido con la pasión de una simbiosis notabilísima. Las cajas en cierto modo narran historias, las de un hombre que persiste frente a círculos concéntricos. En ocasiones en dirección a un fondo blanco, pequeño, siempre con nubes en torno. Éstas pautan el tiempo y por lo general producen paz, aunque a veces son crispadas y estridentes como cuando aparece una multitud de hombrecitos tallados, de espaldas, revelando una individualidad ausente, símbolo de Los Hombres, como tales, repetidos, iguales. Otras connotaciones las proporciona “El tiempo olvidado”, sin presencia humana con círculo de fondo, escalonado, negro. No pasa inadvertido el reloj, en “Tiempo determinado”.
Naturalmente la obra de González Mir excede, en mucho, esta producción de los últimos años. Sabemos de su extensa trayectoria y no sólo desde su pertenencia al grupo Cayc, desde su formación en 1971, como Grupo de los Trece, que obtuvo para la Argentina, el premio internacional en la XIV° Bienal de San Pablo, Brasil. Ya antes de estas fechas se trataba de un artista acentuadamente experimental, con tendencia conceptualista. Nos gusta recordar que “5 watts en 500 watts” (1970), exhibido en el Museo de Arte Moderno, sugiere quizás la fuerza y la potencia de una sociedad en determinados momentos reducida, limitada la capacidad individual por un sistema impuesto. Otras realizaciones jalonan un largo recorrido que es asimismo el de un eximio dibujante, un maestro de la línea. Las variaciones creativas no lo han asustado, más aún, le gustan, como certifica: “Señoras y señores”. La connotación inhabitual, chistosa, próxima al comic, parecería tener que ver con el desconcierto humano. Avala un discurso crítico en el que se indaga, en viraje conceptual: “¿Por qué?”
La obra que actualmente se exhibe en Empatía, bajo la dirección entusiasta del galerista Marcial Sarrías, es una respuesta a un cuestionamiento eterno entre el vuelo de la idea y la facticidad del significante. Son opuestos no dialécticos porque se conjugan en el artista donde todo es uno.
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